Restaurantes del sur en el siglo XX

por José Antonio Sánchez Miravete

En la primera mitad del siglo no existían muchos restaurantes en la zona sur de la ciudad. El centro de la ciudad acaparaba en ese entonces la oferta gastronómica de la capital mexicana. El principal establecimiento en la zona a principios del siglo XX era el restaurante campestre La Bombilla, adonde concurrían las clases altas de la ciudad y que debía su nombre a la iluminación del techo con bombillas eléctricas. En servicio por más de veinte años, era el lugar de reunión predilecto de políticos y hombres de negocios, porque la zona, en el camino de la entrada hacia México, estaba rodeada de fábricas papeleras y textiles, además de comercios varios. Su final quedó sellado por la trágica muerte del entonces presidente electo Álvaro Obregón a manos de José de León Toral, quien con el engaño de mostrarle las caricaturas de varios de sus acompañantes en la comida, sacó repentinamente una pistola y ahí mismo lo asesinó.

Por esa época, lo que más tarde se convirtió en el San Ángel Inn era un hotel manejado por una empresa norteamericana. En 1963, Richard C. Debler fundó el antiguo restaurante San Ángel Inn. Los espléndidos jardines y su decoración al más puro estilo mexicano lo convirtieron en un referente del sur de la ciudad, y a la fecha sigue siéndolo.

Al mediar el siglo, la oferta gastronómica de la zona empezó a fortalecerse. En 1975, en los terrenos de la antigua fábrica de papel de Loreto y Peña Pobre se estableció La Cava, heredero del restaurante El León Rojo, ubicado desde 1954 en la Zona Rosa, propiedad de Dalmau Costa y bajo la dirección de Jordi Escoffet. Con un gran patio cubierto, jardines interiores y un menú de especialidades mexicanas de calidad internacional, fue merecedor del premio Holiday. Recordamos sus deliciosos chiles rellenos de huitlacoche, los chiles en nogada, la sopa verde milpa, el lomo de cerdo a la huasteca y el merengue helado.

En 1969, Luis Jesús de la Garza y Aureliano Torres fundaron La Casserole en Insurgentes Sur 1880, en un acogedor chalet de estilo alpino francés. Siempre frecuentado por personajes de la farándula, fueron famosos sus caracoles bourguignonne, la cassolette Bergerac y el Mushrooms Provençal.

Wolf Ruvinskis Manevich, exluchador olímpico de origen letón/argentino y famoso actor de reparto en más de ochenta películas, fundó El Rincón Gaucho en Insurgentes, por la zona de Chimalistac, donde además de ofrecer cortes de carne de estilo argentino, durante las noches se ofrecía la actuación de bailarines de tango y un espectáculo de telepatía a cargo del propio Ruvinskis; el empresario, entonces con 55 años, fundó posteriormente el restaurante Copilco, en la calle del mismo nombre, vistiendo a los meseros a la usanza gaucha y decorando el lugar con motivos típicos de la pampa bonaerense. Recuerdo especialmente la parrillada Buenos Aires y el panqueque de manzana.

Muy cerca, en terrenos de Chimalistac, se fundó el Club España. El restaurante estaba decorado con vigas de madera, rejas y faroles de hierro forjado. Contaba con una carta orientada a la cocina peninsular. Tenía platillos muy recordables, como la rueda de robalo en salsa verde, el cabrito a la panadera, paella y callos a la madrileña.

Otro lugar que aún continúa prestando servicio en Avenida de la Paz es el Cluny, abierto en 1974 y dedicado al culto de las crepas; su carta incluye de todos los sabores: de bechamel, de huitlacoche, y dulces como la de fresas. Tenía además una buena sopa de cebolla.

Frente al Club España se alzaba otro clásico de la época: Los Comerciales, donde los meseros, además de atender las mesas, se dedicaban a divertir a los comensales, pues todos estaban disfrazados; la decoración incluía letreros y anuncios de toda índole. No recuerdo platos famosos, pero el lugar tuvo bastante éxito por algunos años.

Mención aparte merecen dos establecimientos que estaban en la esquina de Avenida de La Paz y la Avenida Revolución. El primero, un restaurante alemán llamado Jardín. De niño, ahí aprendí a comer el chamorro al vapor con chucrut y unas salchichas con mostaza que jamás han abandonado mi memoria gastronómica. El otro, sobre Revolución, es La Providencia, cantina donde preparaban una de las mejores sopas de pollo de la ciudad.

Por último, no puedo dejar de recordar un lugar que desde la entrada te hacía sentir en un ambiente exótico. El bar era un buque de corsario; en dos pistas había exhibiciones de bailables hawaianos y tahitianos, tótems originales y columnas de madera, además de una cascada natural, flamencos y cisnes blancos vivos. Todo esto sucedía en el inolvidable Mauna Loa, donde se podía comer pato pekinés, tonga tabú y aleta de tiburón.

En fechas más recientes aparecieron nuevos restaurantes, que poco a poco van forjando su historia, pero de ellos hablaré en una siguiente entrega.

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