Don Rómulo Alonso, el que capturó a Chucho el Roto

por Jaime Zúñiga
Volvemos a referirnos al historiador Valentín Frías para conocer hechos que él vivió y que describe en su obra Escritos sobre Querétaro. De ella tomamos pasajes referentes a la justicia, que citamos a continuación.

“Existen en esta cabecera el Tribunal Superior y dos juzgados, uno de lo civil y otro penal. Éstos son de primera instancia. Hay también juzgados menores de ambos ramos. En la cabecera de cada municipalidad hay también juez de letras de primera instancia. En todo el estado hay repartidos 28 jueces menores. La policía, que depende directamente de los municipios y el personal en la capital, es un inspector, un comandante, seis oficiales, dos gendarmes de primera, dos gendarmes de número, seis de la policía reservada. En los municipios esta policía es muy deficiente por la pobreza del salario. Además de la policía, hay guarnición federal en esta capital. Hay además dos guarda cuarteles, con sus ayudantes repartidos en la ciudad.”

En esos años, a finales del siglo XIX, un personaje se hizo notar por su desempeño eficiente y serio, al entregarse en cuerpo y alma al puesto de jefe policial. Se llamó don Rómulo Alonso, y era singular, “ya que vestía con elegancia y se transportaba a caballo”. Por su presencia no sólo era respetado —era temido—, y tenía el respaldo del gobernador, el general don Rafael Olvera, quien con mano firme y sin aspavientos —sin decirlo— mantuvo a Querétaro tranquilo. La carrera de Rómulo Alonso como jefe de la policía duró más de veinte años, durante los que demostró gran eficacia, y aunque durante ese tiempo tuvo numerosos éxitos policiales, dos de ellos consagraron su nombre para la historia.

En el primero puso fin a la carrera delictiva de una temida mujer conocida como La Carambada, quien tenía en permanente zozobra a la población, al atacar a los viajeros en las cercanías de Querétaro —principalmente en los caminos reales a México y a Celaya—. La ingeniosa mujer había ideado una estratagema singular: encendía manojos de olotes y los colocaba, en la oscuridad de la noche, a los lados del camino; el viento, al avivar el fuego, producía humo, que simulaba a una muchedumbre fumando y le permitía decir a los asaltados que no opusieran resistencia, porque estaban rodeados por sus hombres. La audaz asaltante se hizo famosa porque, después del robo, hacía escarnio de sus víctimas, diciéndoles que vieran quién los había asaltado mientras subía las enaguas o abría su blusa para mostrar los pechos.

Don Rómulo, decidido a capturarla, dispuso una celada en la que cayó La Carambada. Para evitar una posible evasión a la justicia, una vez cumplida la aprehensión, aplicó la perversa ley Fuga, en la que solían decir al capturado: “Vete, te dejamos ir, pero no sigas robando”, y al darles éste la espalda, era acribillado sin piedad, justificando el asesinato con un intento fallido de huida. Trasladaron el cadáver de La Carambada a lomo de burro al Hospital Civil para los trámites legales. Años después, el poeta Pablo Cabrera y su hermano el canónigo, propietarios de la Editorial Cimatario, la “resucitaron” para escribir una novela histórica, utilizando el seudónimo de Joel Verdeja Sousa.

El otro éxito de don Rómulo fue la captura de un escurridizo ladrón, de quien se decía “robaba a los ricos para dar a los pobres”, y a quien, por su gran habilidad para el disfraz no habían podido capturar en la Ciudad de México ni en estados vecinos. Escapando de las autoridades, Jesús Arriaga, alias Chucho el Roto, se había trasladado a nuestra ciudad, donde cometió audaces robos en los que dejó demostrada su capacidad para el delito. Uno de tales atracos ocurrió en la casa de los condes de Alvarado, otro en la tienda El Ave del Paraíso, propiedad del Sr. Alday, y aun hubo otros de menor trascendencia.

En la casa de los condes de Alvarado (hoy destruida y fraccionada en las calles de Escobedo) vivía una viuda; se decía que tenía joyas y dinero escondidos y que, desconfiada, no abría la puerta de su casa a nadie. Su único contacto con el exterior era una niña, quien diariamente acudía a cierta hora para que la viuda, bajando una canasta con un lazo, le pasara una lista de lo que necesitaba y el dinero para comprarlo. Al regreso, la niña depositaba lo comprado en la misma canasta. Nunca se supo cómo El Roto y sus secuaces lograron penetrar a la casa a robar, pero los resultados fueron dramáticos, porque, al negarse la viuda a revelar el escondite del dinero y las joyas, la atormentaron hasta causarle la muerte, dejándola colgada con una cuerda en la escalera.

Se dice también que, disfrazado de limosnero, Chucho el Roto logró aflojar las piedras del marco de la puerta de “El Ave del Paraíso” en una paciente labor que duró varios días. Una noche entró por ahí, robando cuanto objeto de valor se encontraba ahí. Éste fue, sin duda, el hurto más cuantioso que cometió en Querétaro.

Ante el escándalo de los delitos de Chucho el Roto, y por conocerse que un fuereño ofrecía joyas a un comerciante, las autoridades pusieron una trampa coordinada por el astuto Rómulo Alonso, quien resultó incluso más hábil que el escurridizo ladrón. El Roto cayó y fue aprehendido, iniciando el proceso del que queda aún testimonio en el archivo judicial.

Al correrse la voz de la captura de Jesús Arriaga, el comandante y jefe de la policía secreta de la Ciudad de México, quien tantas veces había sido burlado por el bandido, se trasladó a Querétaro, y moviendo influencias y ejerciendo gran presión sobre el gobernador, logró llevarse al capturado a la capital, donde lo presentó a la prensa y a la sociedad, diciendo con arrogancia ¡que él lo había capturado! Por supuesto, ello causó gran molestia a don Rómulo, quien trató de desmentirlo, sin lograrlo, y quedando como antecedente firme el proceso que se inició en Querétaro, donde se detallaban sus latrocinios y la forma y el lugar de su captura, y ponía al jefe de la policía de México en el más espantoso de los ridículos. Don Rómulo Alonso duró varios años más ejerciendo con autoridad el cargo de jefe de la policía en Querétaro, y supo ganarse el cariño y el reconocimiento del pueblo.

Los tiempos cambian, y los requerimientos para mantener la paz y la seguridad son ya muy distintos de los que imperaban hace más de un siglo y cuarto. El nombre de don Rómulo Alonso quedó ligado a dos de nuestras leyendas, La Carambada y Chucho el Roto; tras aplicar la ley Fuga a la primera y trasladar su cuerpo a lomo de burro al Hospital Civil, sin proponérselo y cumpliendo con su función, inspiró a los hermanos Cabrera para su novela La Carambada. Y en lo referente a Chucho el Roto, dejó documentada en el proceso que aquí se le siguió su gran capacidad policial, y aunque la historia no lo haya reconocido, él merece ser tomado en cuenta por los queretanos como un personaje que sirvió a Querétaro, manteniendo la paz al estilo de la época.

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